Del libro “El hombre en la ventana”

Ya estaba listo para irme, cuando, justo al momento en que las campanas resonaban la segunda llamada a misa, la puerta principal se abrió casi totalmente, emergiendo la dama de ella perdiéndome entre la amplitud de su mirada que ahora se transformaba en un vórtice donde las memorias se revolvían con los destellos color fuego emanado desde su centro. Ella extendió su mano en ademán de estrechar la mía, diciéndome su nombre pero ya no comprendí lo que me dijo. Un choque electrizante recorría mi brazo y hasta mi cerebro paralizándome…

 

Nos tomamos de la mano, cual si fuéramos uno, ella y yo, compartiendo los latidos del corazón que a este punto estaba ardiente de pasión y deseo. Me quemaba las venas este ardor singular y me sudaban las manos y abochornado quise retirar el agarre pero ella no me lo permitió. Esta ya trazado el destino hacia el lugar donde nos guareceríamos de las inclemencias de los mirones.

Abrimos la puerta a la par, sin más preámbulo que el expreso sentir del amor al borde de la lujuria. La puerta se cerró detrás de nosotros en brega por quitarnos la ropa y así, fue quedando un rastro de tela desde la entrada hasta subiendo las escaleras, hasta que no quedó más que piel expuesta llegando a la recámara.

La tomé en mis brazos con la fuerza del amor de amantes, besando su cuello y bajando entre sus senos. Ella gemía y se arremolinaba de placer entre mis ósculos calientes, con sus muslos mojados arrobando mi cintura. Trastabillé y a la cama fuimos a dar, donde la comodidad se unió a la batalla que librábamos con ansias locas de pertenecernos.

Floreció un instinto animal y comenzamos a mordernos con suavidad, primero los pezones, en la búsqueda del alimento que provocara un estallido de vocalizaciones desde lo más profundo de su ser y del mío.

Seguimos con el andar de dedos curiosos, reconociendo todo el territorio desconocido, el mapa de tu cuerpo antes prohibido, que ya sin vestiduras se apreciaba tan bien.

Cada línea en tu piel representaba a una senda de un camino que recorrería con los labios y lengua, para luego rematar con los dedos y uñas, fui entonces bajando entre esas vías sonrosadas hasta la fuente misma del placer corolario, sometiéndome a una exploración más profunda con tus manos en mi nuca, febrilmente acariciándome desde el cuello. Con voz profunda, casi inaudible me decía: Más… más… más. Ello enardecía a mis instintos demostrado en la dureza y creciente masculina a punto de tener una erupción de entre tanto encanto de su parte. Su sabor, su aroma, sus gestos y su voz… todo un conjunto erótico como para hacer de cualquiera de los polos del planeta derretirse…

Conté dos o tres o más orgasmos de ella cuando las posiciones cambiaron y ahora tenía lo mío en la entrepierna que estaba ya listo para derramarse en su interior, bastaba la acción de sus labios… ahora era yo quien acariciaba sus cabellos con ambas manos, luego sus redondos y turgentes glúteos, al galope del éxtasis desbocado, mientras chupaba sus endurecidos pezones, besaba su cuello y sus labios color durazno maduro.

Esta intensa orgía de fruición nos duró hasta la madrugada, desatando todo el contenido dentro de mi ser desde que la conocí… hasta que exánimes ambos nos dormimos entre la maraña inexpugnable de cobijas, sábanas y almohadas, testigos de todo lo que ahí aconteció.

Le propiné un beso estrepitoso que se convirtiera en fuego, fundiendo el deseo de ambos entre coloridos lienzos, entre toboganes donde la oxitosina y adrenalina mezclados en el coctel de cuerpos apachurrados uno contra el otro era el lubricante de tal deslizamiento.

Parecíamos quinceañeros jugando a descubrir por primera vez el amor tan vasto y tan puro como se pudiera solo encontrar en una obra maestra pintada por manos sagradas y así su cuerpo fue adquiriendo los hermosos matices que se antojaban para seguir pintando lo que fuere una historia ensoñadora.

Postergamos el idilio hasta casi amanecer, abrazados.

Desperté casi pasando el meridiano, ella no estaba en cama, y fui hasta la ventana para recibir los rayos del sol simulando una recarga de energía para mi piel y corazón. Entonces sentí sus brazos rodeándome y su rostro pegado por la espalda y después de unos instantes, me di media vuelta para besarla…

 

©Carlos di Paulo Zozaya

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