Solaz

Solaz

 

En un lugar lejano, habitaba un ser solitario, a quienes todos llamaban Solaz.

Solaz no sonreía nunca. Es más, la única vez que sonrió no se notó, decían todos, porque tenía tantas arrugas que su sonrisa se perdió entre todas esas capas de piel arrugada y además, tenía una barba que no permitía dejar más que sus ojos y nariz.

Todos decían que Solaz era un hombre muy triste y que por eso nunca bajaba a platicar con nadie y que una vez cuando estaba durmiendo, unos duendes verdes le habían robado el corazón, dejando en su lugar a una piedra. Pero de que fuera triste nunca nadie lo había podido constatar, ya que nunca se le había visto llorar.

Decían los que lo habían visto que era sucio y maltrecho, que su casa era una cueva y que adentro devoraba animales vivos, y dormía sobre sus restos.

Eso decían sobre Solaz.

Un día de tantos, salieron unos niños a jugar al bosque.

-¡Tengan cuidado con Solaz! ¡No se adentren mucho en el bosque! – les gritaba su madre preocupada.

-¡Lo tendremos!- respondieron los niños mientras se alejaban jugando por el sendero.

Uno de ellos, el más pequeño que se llamaba Romualdo, despreocupado y alegre se separó del grupo hasta que se perdió y buscando a sus hermanos llegó a una cabaña.

Hambriento y temeroso tocó a la puerta buscando refugio y sustento.

Un hombre amable y barbudo abrió y le invitó a pasar.

Muy sonriente, aquel hombre bonachón le ofreció galletas y leche, mientras le preguntaba donde vivía. Romualdo respondió agregando:

-¿vives aquí solo?

-Si

-¿Y no te da miedo encontrarte con Solaz?

Aquel hombre rio de muy buena gana y su cara arrugada pareció tan chistosa que Romualdo también hizo lo propio.

-No pequeño, no me da miedo encontrarme con Solaz

¡El pequeño quedó impresionado con la valentía de este señor!

Quería preguntarle muchas cosas sobre eso, pero entonces escuchó la voz de su madre y hermanos buscándolo.

El hombre abrió la puerta de su hogar para avisar que estaba sano y salvo y salió Romualdo a contarles como le había dado leche y galletas. Pronto todos estaban adentro comiendo y riendo con las anécdotas del hombre aquel.

Pronto llegó la hora de partir y la mamá de Romualdo le preguntó el nombre a su amable anfitrión.

Este sin titubear y sonriendo respondió:

-Mi nombre es Solaz, señora…

 

©Carlos di Paulo Zozaya

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